Aunque la comparación es simple, tal vez entiendas lo que algunos pensamos sobre este tema.
Imagina que en el África subsahariana hay muchos muertos por accidentes de tráfico porque a sus habitantes les gusta conducir deprisa, hay malas carreteras, sus coches no tienen airbags.
Para resolver el problema Alemania e Italia proponen que la ONU compre coches de las marcas BMW, Mercedes, Ferrari... todos ellos con grandes medidas de seguridad.
Luego la ONU los regala en el África subsahariana para que sus habitantes puedan correr a 180 km/h "sin riesgo".
Llega el Papa a África y dice que estas medidas no son efectivas y que sería mejor conducir despacio. Pero, claro, el Papa no conoce a los africanos ni su afición por ir en coche a altas velocidades.
martes, 24 de marzo de 2009
viernes, 6 de marzo de 2009
Aniversario de la muerte de John Belushi
En la banda sonora de la película de los Blues Brothers omiten esta simpática versión de "Stand by your man" que interpretan Elwood y Jake en el bar country.
jueves, 12 de febrero de 2009
La política en España tiene su "encanto"
El mismo encanto que tiene el boxeo, en el que, al final del combate, vemos a un tío con la cara hinchada, llena de moratones y a punto de caer, absolutamente feliz porque su rival está peor, tumbado en la lona.
martes, 10 de febrero de 2009
Sobre vidas y muertes "dignas"
Me hace gracia la expresión "muerte digna" ya que la muerte, en sí, yo no la veo digna o indigna. Es sólo un momento puntual en el que el cuerpo deja de vivir. Tu muerte será más digna o menos digna en función de tu vida pasada y, para mucha gente, de tu "posición social", de tu "salud mental" o "física" justo antes de morir. Pero cuando mueres, todo eso deja de importar y por eso yo no creo en ese concepto.
Ahora, lo que sí me importa es la "vida indigna" que tenemos justo antes de morir, ya que si otra persona vive "indignamente" ¿por qué no pongo (ponemos) todos los medios para que esa vida cambie?
Hacer que toda vida sea "digna" es la mejor solución para este problema. Mucho mejor que la muerte.
Ahora, lo que sí me importa es la "vida indigna" que tenemos justo antes de morir, ya que si otra persona vive "indignamente" ¿por qué no pongo (ponemos) todos los medios para que esa vida cambie?
Hacer que toda vida sea "digna" es la mejor solución para este problema. Mucho mejor que la muerte.
martes, 3 de febrero de 2009
¿Víctimas? De serlo -que es mucho decir- lo seríamos a cambio de ser felices
Leyendo de aquí y de allá me encuentro con una cita que me ha gustado mucho:
"El mundo en el que vivimos es malo, Donato. Pero en medio de este mundo he descubierto a un grupo de personas santas y serenas. Son personas que han encontrado una felicidad que es mil veces más alegre que todos los placeres de nuestras vidas de pecadores. Estas personas son despreciadas y perseguidas, pero eso no les importa. Son cristianos, Donato, y yo soy uno de ellos". Cipriano de Cartago (siglo III) a Donato.
Se me ha ocurrido enlazar esta cita con el "victimismo", actitud de la que en ocasiones se acusa a los cristianos.
Soy creyente y me doy por aludido en lo del victimismo. Y aclaro que no lo hago por ser cristiano, ya que si fuera de verdad "cristiano" no protestaría tanto.
Respecto de este tema del victimismo se me ocurren varias cosas:
1.- En el plano personal, no somo víctimas ya que todo lo malo que nos pueda pasar lo compensa con creces la felicidad que se tiene cuando se imita a Cristo.
2.- Desde el análisis histórico, a pesar de lo mucho que se miente y se deforma la realidad cuando se habla de la Historia de la Iglesia -Cruzadas, Inquisición, Galileo...- y a que, en ese sentido, se podría hablar de un victimismo justo, la Historia se escribe día a día: la escribimos nosotros.
3.- Por comparación, no ya con Jesucristo, sino con el resto del mundo, me acuerdo de una cita de Joseph Ratzinger (hoy Benedicto XVI) en un Via Crucis en el que figuraba como coautor:
"Jesús participó realmente de la angustia de los condenados, mientras que nosotros —la mayor parte de nosotros- no participamos de los horrores de este siglo más que como espectadores. Esto lleva consigo una consideración de cierta importancia; pues lo curioso es que la idea de que Dios no puede existir, la desaparición total de Dios, se produce en aquellos que no son más que espectadores de los horrores que se dan, en aquellos que, acomodados en su sillón, contemplan lo terrible del mundo y creen haber cumplido con su obligación y haberse defendido diciendo: si existen tales horrores es que no hay Dios. Pero la reacción de aquellos que verdaderamente sufren es frecuentemente la contraria: precisamente en su sufrimiento descubren a Dios. En este mundo la adoración sigue saliendo de los hornos de los que fueron quemados, y no de los espectadores del horror. No es ninguna casualidad que el pueblo de la revelación, el pueblo que conoció a Dios y lo dio a conocer al mundo, haya sido el pueblo que más ha sufrido a lo largo de la historia, bastante antes de llegar a Auschwitz en los años 1940-1945. Y no es ninguna casualidad que el hombre más torturado, el que más sufrió —Jesús de Nazaret— haya sido el revelador, mejor dicho, haya sido y sea la revelación misma. No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de un rostro lleno de sangre y heridas, de un crucificado, y que el ateísmo tenga su padre en Epicuro, en el mundo de los espectadores saciados.
De repente brilla en toda su claridad la seriedad misteriosa y para nosotros amenazadora de unas palabras de Jesús que muchos de nosotros habíamos apartado a un lado como inadecuadas: Antes pasa un camello por el ojo de una aguja, que un rico entra en el cielo un rico, es decir, alguien a quien le va bien, que está saturado de bienestar y sólo conoce el dolor a través del televisor, Tomemos en serio estas palabras, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Es cierto que ni necesitamos ni debemos buscarnos el sufrimiento y la angustia nosotros mismos. Dios manda el Viernes Santo donde y cuando él quiere. Pero debemos tener siempre presente —no sólo teóricamente, sino en la práctica de nuestra vida— que todo lo bueno es un don de él, del que hemos de responder. Y también debemos tener siempre presente —y nuevamente no sólo en teoría, sino en la práctica de nuestro pensamiento y de nuestra actuación— que junto a la presencia real de Jesús en la Iglesia gracias a los sacramentos, hay otra presencia real de Jesús en los más pequeños, en los que sufren en este mundo, en los que él quiere que nosotros sepamos encontrarle. Lo que cada año exige de nosotros la celebración del Viernes Santo es que renovemos en nosotros esta actitud."
"El mundo en el que vivimos es malo, Donato. Pero en medio de este mundo he descubierto a un grupo de personas santas y serenas. Son personas que han encontrado una felicidad que es mil veces más alegre que todos los placeres de nuestras vidas de pecadores. Estas personas son despreciadas y perseguidas, pero eso no les importa. Son cristianos, Donato, y yo soy uno de ellos". Cipriano de Cartago (siglo III) a Donato.
Se me ha ocurrido enlazar esta cita con el "victimismo", actitud de la que en ocasiones se acusa a los cristianos.
Soy creyente y me doy por aludido en lo del victimismo. Y aclaro que no lo hago por ser cristiano, ya que si fuera de verdad "cristiano" no protestaría tanto.
Respecto de este tema del victimismo se me ocurren varias cosas:
1.- En el plano personal, no somo víctimas ya que todo lo malo que nos pueda pasar lo compensa con creces la felicidad que se tiene cuando se imita a Cristo.
2.- Desde el análisis histórico, a pesar de lo mucho que se miente y se deforma la realidad cuando se habla de la Historia de la Iglesia -Cruzadas, Inquisición, Galileo...- y a que, en ese sentido, se podría hablar de un victimismo justo, la Historia se escribe día a día: la escribimos nosotros.
3.- Por comparación, no ya con Jesucristo, sino con el resto del mundo, me acuerdo de una cita de Joseph Ratzinger (hoy Benedicto XVI) en un Via Crucis en el que figuraba como coautor:
"Jesús participó realmente de la angustia de los condenados, mientras que nosotros —la mayor parte de nosotros- no participamos de los horrores de este siglo más que como espectadores. Esto lleva consigo una consideración de cierta importancia; pues lo curioso es que la idea de que Dios no puede existir, la desaparición total de Dios, se produce en aquellos que no son más que espectadores de los horrores que se dan, en aquellos que, acomodados en su sillón, contemplan lo terrible del mundo y creen haber cumplido con su obligación y haberse defendido diciendo: si existen tales horrores es que no hay Dios. Pero la reacción de aquellos que verdaderamente sufren es frecuentemente la contraria: precisamente en su sufrimiento descubren a Dios. En este mundo la adoración sigue saliendo de los hornos de los que fueron quemados, y no de los espectadores del horror. No es ninguna casualidad que el pueblo de la revelación, el pueblo que conoció a Dios y lo dio a conocer al mundo, haya sido el pueblo que más ha sufrido a lo largo de la historia, bastante antes de llegar a Auschwitz en los años 1940-1945. Y no es ninguna casualidad que el hombre más torturado, el que más sufrió —Jesús de Nazaret— haya sido el revelador, mejor dicho, haya sido y sea la revelación misma. No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de un rostro lleno de sangre y heridas, de un crucificado, y que el ateísmo tenga su padre en Epicuro, en el mundo de los espectadores saciados.
De repente brilla en toda su claridad la seriedad misteriosa y para nosotros amenazadora de unas palabras de Jesús que muchos de nosotros habíamos apartado a un lado como inadecuadas: Antes pasa un camello por el ojo de una aguja, que un rico entra en el cielo un rico, es decir, alguien a quien le va bien, que está saturado de bienestar y sólo conoce el dolor a través del televisor, Tomemos en serio estas palabras, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Es cierto que ni necesitamos ni debemos buscarnos el sufrimiento y la angustia nosotros mismos. Dios manda el Viernes Santo donde y cuando él quiere. Pero debemos tener siempre presente —no sólo teóricamente, sino en la práctica de nuestra vida— que todo lo bueno es un don de él, del que hemos de responder. Y también debemos tener siempre presente —y nuevamente no sólo en teoría, sino en la práctica de nuestro pensamiento y de nuestra actuación— que junto a la presencia real de Jesús en la Iglesia gracias a los sacramentos, hay otra presencia real de Jesús en los más pequeños, en los que sufren en este mundo, en los que él quiere que nosotros sepamos encontrarle. Lo que cada año exige de nosotros la celebración del Viernes Santo es que renovemos en nosotros esta actitud."
miércoles, 14 de enero de 2009
“Guillermo Rovirosa Albet…
…nace en Vilanova i la Geltrú (Barcelona) el 4 de agosto de 1897. A los 18 años rompe con la vida cristiana y comienza los estudios en la Escuela de Directores de Industrias Eléctricas de Barcelona. En 1922 se casa con Catalina Canals. Vive un tiempo de desorientación y de búsqueda de la verdad en las filosofías y corrientes religiosas del momento. Se trasladan a París.
Unas palabras casualmente oídas al Arzobispo de París le hacen ver que ha rechazado a Jesucristo sin conocerlo realmente. Por honestidad, emprende un proceso de información sobre la figura de Jesús…”
Pues eso.
Unas palabras casualmente oídas al Arzobispo de París le hacen ver que ha rechazado a Jesucristo sin conocerlo realmente. Por honestidad, emprende un proceso de información sobre la figura de Jesús…”
Pues eso.
martes, 2 de diciembre de 2008
Un texto que defiende que la Edad Media no fue una época "oscurantista" en materia científica
Este interesante texto lo he obtenido de un artículo titulado “Memoria del caso Galileo” que he encontrado en la página web www.analisisdigital.com (en concreto en el vínculo http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=35333&idNodo=-7 ). El autor es “Mariano Artigas” y parece proceder de otra página web: www.arvo.net
Quiero resaltar solamente el final del artículo porque, al margen de simpatías y antipatías con la Iglesia Católica (y la consiguiente crítica a la Edad Media como época oscurantista), siempre me ha sorprendido que se presente el nacimiento de la Ciencia Moderna como algo que surgió por generación espontánea, sin antecedente lógico alguno, sin un precedente que dotara a este hecho de una base cultural sólida, lo que nos presentaba este nacimiento como algo sorprendente y en cierta medida absurdo. Sin más, cito el artículo:
“EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
Duhem es el pionero de los estudios históricos acerca de la ciencia medieval, tema que tiene una importancia cada vez mayor en la actualidad. Este es el aspecto en el que me voy a detener.
Duhem era un trabajador infatigable que, a pesar de su gran talla, no llegó a ser profesor en París, quizá debido a obstáculos ideológicos. Esto le permitió trabajar mucho por su cuenta. Estaba interesado en la historia de la ciencia y se puso a investigar en el pasado. Ante su sorpresa, fue encontrando en los archivos franceses muchos manuscritos antiguos nunca publicados, que arrojaban nuevas luces acerca del nacimiento de la ciencia moderna.
Según el cliché generalmente admitido, la ciencia moderna parecía haber nacido en el siglo XVII prácticamente de la nada. La Edad Media habría sido una época oscurantista, dominada por la teología y enemiga de la ciencia. El nacimiento de la ciencia moderna se habría producido sólo cuando el librepensamiento se emancipó de la Iglesia y de la teología. Pues bien, Duhem encontró una documentación abundantísima que deshacía ese cliché, y la fue publicando, comentada, en los 10 grandes tomos de su obra «El sistema del mundo».
Para comprender la situación, conviene tener en cuenta que la imprenta no existió hasta el siglo XVI. Las obras anteriores, y por-tanto, las obras de los medievales, eran manuscritos. Cuando se descubrió la imprenta, muchos manuscritos quedaron en el olvido de los archivos. Los pioneros de la nueva ciencia no se preocuparon de señalar sus deudas intelectuales con los autores anteriores, sino más bien de subrayar la novedad de sus trabajos. La Edad Media quedó en la penumbra.
Duhem trabajó directamente con muchos manuscritos medievales inéditos. Su trabajo le llevó al convencimiento de que la Edad Media, especialmente en la Universidad de París, pero también en la de Oxford y en otros centros intelectuales, fue una época en la que paulatinamente se fueron desarrollando los conceptos que permitieron el nacimiento sistemático de la ciencia experimental moderna en el siglo XVII.
LA MATRIZ CULTURAL CRISTIANA
Los trabajos de Duhem abrieron un enorme campo de investigación que ha sido continuado por importantes historiadores de todo tipo de países e ideologías.
Uno de ellos es Stanley Jaki. Nacido en Hungría en 1924, se estableció en los Estados Unidos en 1951. Es doctor en física y en teología, profesor de la Universidad de Seton Hall (New Jersey), y ha sido invitado a dar cursos en las Universidades de Edimburgo, Oxford, Princeton, Sidney y otras muchas de todo el mundo. Ha publicado cerca de 30 libros sobre las relaciones de la ciencia con la filosofía y la cultura. En 1987 recibió de manos del príncipe Felipe de Gran Bretaña el premio Templeton, como reconocimiento a sus publicaciones.
Jaki escribió la primera biografía amplia sobre Pierre Duhem, que fue publicada en 1984 por la Editorial Nijhoff de La Haya. Ha continuado y ampliado los trabajos de Duhem sobre el nacimiento de la ciencia moderna y sus relaciones con la religión.
Jaki afirma que en las grandes culturas de la antigüedad (Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, India, China, etc.), la ciencia experimental no encontró un terreno propicio. Más bien, los escasos intentos de nacimiento acabaron en sucesivos abortos. Un factor determinante fue que en esas culturas se representaba la naturaleza como sometida a unas divinidades caprichosas, o se pensaba en ella de modo panteísta. Jaki examina estos problemas desde el punto de vista histórico y concluye que el nacimiento de la ciencia moderna sólo fue posible en la Europa cristiana, cuando se llegó a dar lo que llama la «matriz cultural cristiana».
Esa matriz cultural incluía la creencia en un Dios personal creador, que ha creado libremente el mundo. Porque la creación es libre, el mundo es contingente, y sólo lo podemos conocer si lo estudiamos con ayuda de la observación y la experimentación. Porque Dios es infinitamente sabio, el mundo es racional y sigue leyes; como afirma repetidamente la revelación cristiana, el mundo está lleno de orden. Porque Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, el hombre participa de la inteligencia divina y es capaz de conocer el mundo.
De hecho, es fácil comprobar que los grandes pioneros de la ciencia moderna compartían estas convicciones, que las tenían porque eran cristianos y vivían dentro de una matriz cultural cristiana, y que en algunos casos ellos mismos afirmaron la importancia que esas ideas tenían para su trabajo científico.
Por ejemplo, Kepler hizo muchos intentos durante años hasta que encontró sus famosas leyes, convencido de que tenían que existir en un universo creado por la sabiduría divina, y que tenían que estar de acuerdo con los datos observacionales establecidos por el astrónomo danés Tycho Brahe.
Desde luego, no basta ser cristiano para hacer ciencia; la ciencia se hace con matemáticas y experimentos. Pero la ciencia moderna nació y se ha desarrollado durante siglos en un occidente cristiano que le ha proporcionado una matriz adecuada.
Comprendo que estas afirmaciones puedan extrañar a algunos. Las obras de Duhem, las de Jaki y otros autores semejantes, no suelen estar traducidas al castellano. Además, durante mucho tiempo se ha presentado a la ciencia como si estuviera en perpetua lucha con la religión, aunque esto no se corresponda con la realidad. Pero si algo nos enseña la ciencia es a atenernos a los hechos y a superar los prejuicios.
El compromiso personal
Llegamos, por fin, a una tercera diferencia entre la fe y la razón. En concreto, las verdades de la fe cristiana comprometen seriamente la vida personal, el modo de comportarse.
Quizás sea ésta la dificultad principal que experimentamos frente a las verdades de la fe. El cristianismo no es una simple teoría, sino algo que afecta directamente a la vida.
Los primeros cristianos que vivían en un mundo pagano, cuando se convertían al cristianismo se veían obligados a cambiar no pocas de sus costumbres. Y lo hacían.
No puede extrañar que en la actualidad suceda algo semejante. En realidad, siempre ha sido así. Ser buen cristiano siempre ha supuesto un esfuerzo serio. No es compatible con una vida fácil. Exige obrar en conciencia y, con frecuencia, ir contra corriente. Jesucristo lo advirtió con gran claridad en varias ocasiones. Pero sigue siendo cierto lo que El prometió: quien pierda su vida por amor suyo, la encontrará, y quien le siga de cerca tendrá el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna.
El amor auténtico, la rectitud de corazón, la generosidad, llevan consigo ciertos sacrificios. Pero se consiguen bienes muy superiores, que son los únicos que llenan realmente la vida humana. El conocimiento profundo de la fe cristiana reserva muchas sorpresas agradables. Y no es tan difícil. Si pusiéramos en este asunto un poco del esfuerzo que dedicamos con toda naturalidad a muchas cosas que tienen una importancia mucho menor, comprobaríamos que vale la pena de verdad.”
Quiero resaltar solamente el final del artículo porque, al margen de simpatías y antipatías con la Iglesia Católica (y la consiguiente crítica a la Edad Media como época oscurantista), siempre me ha sorprendido que se presente el nacimiento de la Ciencia Moderna como algo que surgió por generación espontánea, sin antecedente lógico alguno, sin un precedente que dotara a este hecho de una base cultural sólida, lo que nos presentaba este nacimiento como algo sorprendente y en cierta medida absurdo. Sin más, cito el artículo:
“EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA
Duhem es el pionero de los estudios históricos acerca de la ciencia medieval, tema que tiene una importancia cada vez mayor en la actualidad. Este es el aspecto en el que me voy a detener.
Duhem era un trabajador infatigable que, a pesar de su gran talla, no llegó a ser profesor en París, quizá debido a obstáculos ideológicos. Esto le permitió trabajar mucho por su cuenta. Estaba interesado en la historia de la ciencia y se puso a investigar en el pasado. Ante su sorpresa, fue encontrando en los archivos franceses muchos manuscritos antiguos nunca publicados, que arrojaban nuevas luces acerca del nacimiento de la ciencia moderna.
Según el cliché generalmente admitido, la ciencia moderna parecía haber nacido en el siglo XVII prácticamente de la nada. La Edad Media habría sido una época oscurantista, dominada por la teología y enemiga de la ciencia. El nacimiento de la ciencia moderna se habría producido sólo cuando el librepensamiento se emancipó de la Iglesia y de la teología. Pues bien, Duhem encontró una documentación abundantísima que deshacía ese cliché, y la fue publicando, comentada, en los 10 grandes tomos de su obra «El sistema del mundo».
Para comprender la situación, conviene tener en cuenta que la imprenta no existió hasta el siglo XVI. Las obras anteriores, y por-tanto, las obras de los medievales, eran manuscritos. Cuando se descubrió la imprenta, muchos manuscritos quedaron en el olvido de los archivos. Los pioneros de la nueva ciencia no se preocuparon de señalar sus deudas intelectuales con los autores anteriores, sino más bien de subrayar la novedad de sus trabajos. La Edad Media quedó en la penumbra.
Duhem trabajó directamente con muchos manuscritos medievales inéditos. Su trabajo le llevó al convencimiento de que la Edad Media, especialmente en la Universidad de París, pero también en la de Oxford y en otros centros intelectuales, fue una época en la que paulatinamente se fueron desarrollando los conceptos que permitieron el nacimiento sistemático de la ciencia experimental moderna en el siglo XVII.
LA MATRIZ CULTURAL CRISTIANA
Los trabajos de Duhem abrieron un enorme campo de investigación que ha sido continuado por importantes historiadores de todo tipo de países e ideologías.
Uno de ellos es Stanley Jaki. Nacido en Hungría en 1924, se estableció en los Estados Unidos en 1951. Es doctor en física y en teología, profesor de la Universidad de Seton Hall (New Jersey), y ha sido invitado a dar cursos en las Universidades de Edimburgo, Oxford, Princeton, Sidney y otras muchas de todo el mundo. Ha publicado cerca de 30 libros sobre las relaciones de la ciencia con la filosofía y la cultura. En 1987 recibió de manos del príncipe Felipe de Gran Bretaña el premio Templeton, como reconocimiento a sus publicaciones.
Jaki escribió la primera biografía amplia sobre Pierre Duhem, que fue publicada en 1984 por la Editorial Nijhoff de La Haya. Ha continuado y ampliado los trabajos de Duhem sobre el nacimiento de la ciencia moderna y sus relaciones con la religión.
Jaki afirma que en las grandes culturas de la antigüedad (Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, India, China, etc.), la ciencia experimental no encontró un terreno propicio. Más bien, los escasos intentos de nacimiento acabaron en sucesivos abortos. Un factor determinante fue que en esas culturas se representaba la naturaleza como sometida a unas divinidades caprichosas, o se pensaba en ella de modo panteísta. Jaki examina estos problemas desde el punto de vista histórico y concluye que el nacimiento de la ciencia moderna sólo fue posible en la Europa cristiana, cuando se llegó a dar lo que llama la «matriz cultural cristiana».
Esa matriz cultural incluía la creencia en un Dios personal creador, que ha creado libremente el mundo. Porque la creación es libre, el mundo es contingente, y sólo lo podemos conocer si lo estudiamos con ayuda de la observación y la experimentación. Porque Dios es infinitamente sabio, el mundo es racional y sigue leyes; como afirma repetidamente la revelación cristiana, el mundo está lleno de orden. Porque Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, el hombre participa de la inteligencia divina y es capaz de conocer el mundo.
De hecho, es fácil comprobar que los grandes pioneros de la ciencia moderna compartían estas convicciones, que las tenían porque eran cristianos y vivían dentro de una matriz cultural cristiana, y que en algunos casos ellos mismos afirmaron la importancia que esas ideas tenían para su trabajo científico.
Por ejemplo, Kepler hizo muchos intentos durante años hasta que encontró sus famosas leyes, convencido de que tenían que existir en un universo creado por la sabiduría divina, y que tenían que estar de acuerdo con los datos observacionales establecidos por el astrónomo danés Tycho Brahe.
Desde luego, no basta ser cristiano para hacer ciencia; la ciencia se hace con matemáticas y experimentos. Pero la ciencia moderna nació y se ha desarrollado durante siglos en un occidente cristiano que le ha proporcionado una matriz adecuada.
Comprendo que estas afirmaciones puedan extrañar a algunos. Las obras de Duhem, las de Jaki y otros autores semejantes, no suelen estar traducidas al castellano. Además, durante mucho tiempo se ha presentado a la ciencia como si estuviera en perpetua lucha con la religión, aunque esto no se corresponda con la realidad. Pero si algo nos enseña la ciencia es a atenernos a los hechos y a superar los prejuicios.
El compromiso personal
Llegamos, por fin, a una tercera diferencia entre la fe y la razón. En concreto, las verdades de la fe cristiana comprometen seriamente la vida personal, el modo de comportarse.
Quizás sea ésta la dificultad principal que experimentamos frente a las verdades de la fe. El cristianismo no es una simple teoría, sino algo que afecta directamente a la vida.
Los primeros cristianos que vivían en un mundo pagano, cuando se convertían al cristianismo se veían obligados a cambiar no pocas de sus costumbres. Y lo hacían.
No puede extrañar que en la actualidad suceda algo semejante. En realidad, siempre ha sido así. Ser buen cristiano siempre ha supuesto un esfuerzo serio. No es compatible con una vida fácil. Exige obrar en conciencia y, con frecuencia, ir contra corriente. Jesucristo lo advirtió con gran claridad en varias ocasiones. Pero sigue siendo cierto lo que El prometió: quien pierda su vida por amor suyo, la encontrará, y quien le siga de cerca tendrá el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna.
El amor auténtico, la rectitud de corazón, la generosidad, llevan consigo ciertos sacrificios. Pero se consiguen bienes muy superiores, que son los únicos que llenan realmente la vida humana. El conocimiento profundo de la fe cristiana reserva muchas sorpresas agradables. Y no es tan difícil. Si pusiéramos en este asunto un poco del esfuerzo que dedicamos con toda naturalidad a muchas cosas que tienen una importancia mucho menor, comprobaríamos que vale la pena de verdad.”
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